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El elefante marino


“Cómo andan las cosas por ahí?”, ladró el gran elefante marino, trepado sobre la roca más alta de la orilla. Esperó a que le dieran buenas noticias.

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Abajo, los elefantes marinos más pequeños se consultaron muy apurados. Las cosas no andaban nada bien, pero ninguno quería tener que decírselo al Viejo. Era el elefante marino más grande y más sabio de la manada, y conocía bien su oficio, pero tenía un carácter tan terrible que todos los demás le tenían terror a sus feroces alaridos.

“¿Que le diremos?” murmuró Basilio, el segundo en categoría de los elefantes marinos. Se acordaba muy bien de cómo el Viejo le había bramado y se había enfurecido con él la última vez que la manada había capturado menos que la cuota esperada de arenques, y no tenía ningún deseo de repetir la experiencia. Sin embargo, los elefantes marinos habían observado que hacía varias semanas que el nivel del agua en la bahía Ártica vecina disminuía constantemente, y ahora era necesario internarse mucho más lejos para conseguir la escasa provisión de arenques. Alguien tendría que decírselo al Viejo; probablemente él sabría qué hacer.
Pero, ¿quién?, y ¿cómo?.

Finalmente, Basilio contestó: “Las cosas andan bastante bien, Jefe”, dijo. La idea del nivel de agua que disminuía le hizo sentir el corazón pesado, pero siguió diciendo: “En realidad, la playa parece estar más ancha”.
El Viejo gruñó. “Bien, bien”, dijo. “Así tendremos un poco más de margen”. Cerró los ojos, y siguió dormitando al sol.
El día siguiente trajo más problemas: una nueva colonia de elefantes marinos se mudó a la playa, y con la disminución de la cantidad de arenques, esta invasión podía resultar peligrosa. Nadie quería darle la noticia al Viejo, aunque sólo él podía tomar las medidas necesarias para enfrentar la nueva competencia.

De mala gana, Basilio se acercó al gran elefante marino que seguía tomando sol en su gran roca. Después de charlar un poco, le dijo, “Ah, Jefe, sabe que una nueva colonia de elefantes marinos parece haberse mudado a nuestro territorio”. Los ojos del Viejo se abrieron de golpe, y llenó sus pulmones preparándose para lanzar un potente alarido. Pero Basilio agregó rápidamente, “Por supuesto que no prevemos ningún problema. No me parece que sean comedores de arenques. Más bien parecen interesados en mojarritas.
Y como Ud. sabe, a nosotros no nos interesan las mojarritas”.
El Viejo dejó escapar el aire con un largo suspiro. “Bien, bien”, dijo. “No tiene sentido que nos hagamos mala sangre sin motivos, entonces, ¿no es cierto?”.
Las cosas no mejoraron nada durante las semanas siguientes. Un día, escudriñando desde su gran roca, el Viejo observó que parte de la manada parecía faltar. Llamó a Basilio, y gruñó malhumorado: “¿Qué sucede, Basilio?¿ Dónde están todos?”. El pobre Basilio no tuvo el coraje de decirle al Viejo que todos los días, muchos de los elefantes marinos más jóvenes los abandonaban para unirse a la nueva colonia. Carraspeando nerviosamente, dijo “Bueno, Jefe, hemos estado imponiendo un poco de disciplina. Ya sabe, podando un poco las ramas secas. Después de todo, una manada sólo es tan buena como los elefantes marinos que la componen”.

“Sí señor, hay que mantener la disciplina, siempre lo digo. Me alegro de saber que las cosas andan tan bien”.
Antes de que pasara mucho tiempo, todos menos Basilio se habían unido a la nueva colonia, y Basilio se dio cuenta de que había llegado el momento de decirle la verdad al Viejo. Aterrorizado, pero decidido, se arrastró hasta la gran roca. “Jefe”, dijo, “tengo malas noticias. El resto de la manada lo ha abandonado”.
El Viejo estaba tan asombrado que ni siquiera pudo producir un buen alarido. “¿Me han abandonado?”, gritó. “¿Todos ellos? Pero, ¿por qué? ¿Cómo pudo suceder algo así?”.
Basilio no tuvo el coraje de decírselo, de modo que simplemente se encogió de hombros con impotencia.
“No lo puedo entender”, dijo el Viejo Elefante Marino.
“Y justo cuando todo andaba tan bien”

Publicada originalmente en aprendamos recursos

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